Limbo

En vida me reía de los creyentes y su religión. Mi vida fue una constante búsqueda de la verdad, y realmente me escocía que para muchos la respuesta fuera Dios. La respuesta rápida y fácil que solucionaba cualquier dilema existencial que uno pudiera tener. Desde bien pronto supe que nunca iba a llegar a entender la vida, pero no me iba a conformar como el resto, y acabé adaptando el amor como respuesta. El amor le daría sentido a todo; una vida a su lado, luchando por su felicidad... todo merecía la pena, y la muerte y la vida ya no importaban mientras estuviera ella. Tanto la amé, que aquella noche en que morí me aferré al deseo de que, despertara donde despertase, ella estuviera ahí. Me daba igual alzarme en el paraíso que estar condenando en el infierno, reencarnarnos en un par de gorriones, salir los dos de este simulacro o despertarme en la más absoluta oscuridad del universo.

Y ahí estaba ella al despertar, a mi lado, para siempre.

Al principio fue un alivio. Ya no por no permanecer solo en esta especie de limbo, si no por que en cierta manera mi respuesta trascendió a la vida. Pero con el ¿tiempo? todo empezó a decaer y a perder el sentido. ¿De qué me sirve ahora que estemos juntos para siempre en la nada? El amor me dio propósito en vida, pero no me da ninguno en la muerte. Cada vez recuerdo menos de nuestro tiempo juntos. Ya no nos comunicamos. Ya ni si quiera nos miramos.
Es lo único que tengo... pero ya no estoy seguro de querer tenerla. 

Alguna vez pensé que la peor forma de morir sería ser enterrado vivo. Imagina despertar encerrado en un ataúd, ese instante de agonía en que te das cuenta de que no hay manera de salir, que nadie te va a escuchar gritar y que por mucho que golpees esa tabla no se va a romper. El agobio de no poderte mover, de no poder secar las lágrimas que ahogan tu cara, de no poder hacer nada salvo exhalar y esperar... mientras piensas en aquellos que no verás más.
Por momentos me siento de la misma manera. Estoy en un ataúd sin paredes, y lo peor es que estoy encerrado para siempre. Realmente pierdo la cordura, cuando entiendo que no entiendo nada, y que aquello en lo que creí no valió de nada, desperdicié toda mi vida viviendo una mentira.

En vida me reía de los creyentes y su religión. Que hipócrita fui, no me di cuenta que hice del amor mi religión. Supongo que esto es lo que siente un cristiano cuando muere y al alzarse ve que Dios les abandonó, que nunca existió. Pero ninguno de esos cristianos está... ¿Será que Dios existe? Prefiero no pensar, pero es imposible no pensar cuando es lo único que me queda. Ya de poco valdría resignarme a creer. Son muchos los que niegan a Dios, pero en el umbral de la muerte acaban aceptando la extremaunción. ¿Más vale tarde que nunca, no?

Y como castigo, a mi lado, quizá mi mayor error. Sé que no debería, pero me es imposible no culparla ahora de mi destino. A veces creo que ya no la amo... ¿cómo la voy a amar cuando ya no nos queda nada? Sólo un pasado cada vez más borroso y del que a menudo me arrepiento. En ocasiones la observo, e intuyo en sus vidriosos ojos que alguien le llama. Se pierde su mirada en un punto fijo, y llego a temer que en algún momento se deje llevar y me abandone. Porque en el fondo, sigo sin querer estar solo. Ella no compartía mi verdad, supongo que temía a la muerte como el resto, y que evitaba pensar en ello. Y aun no siendo devota de mi religión, ella está aquí. Yo la amé, pero fui un estúpido egoísta que proyectó sus inquietudes en ella y la usó para satisfacerse así mismo. 

Ella me amó, de verdad me amó.

Y es que, al final, mi mayor tormento no tiene que ver con el rollo existencial...

Mi mayor tormento es que la he arrastrado por siempre a este limbo conmigo.


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